Los libros
No sé, luego hay algo de divino y mefistofélico en los libros. Por muy loco que suene, y que Voltaire me perdone esta superchería, pero te juro que hay libros que son espejo de todo un escenario. Pensar que por primera vez me dejé llevar de modo superficial al momento de comprar un libro, bastantes criterios que me hicieron creer que se me escurrían lo sesos por la espalda: la portada, una cosa muy llena de colores y pececillos naranjas (de esos que dicen que son japoneses pero hay un chingo en México), después algo que sé que perfectamente puede estar sujeto o sometido al proxenetismo de la oligarquía cultural: “Premio novela Alfaguara”, y así no más , sin leer la paráfrasis ni nada , me lo llevé; medio leí que trataba de una tal loca, medio llegué a la página 40 y pensé que la autora hacía un amplio y bello uso del lenguaje , pero sin sentirme atraída del todo por la obra; fue hasta la mitad, en la que de repenté emepecé a verme en cada párrafo del libro, en cada esquina de la página. Y yo era Agustina, y Eugenia era mi madre; cosas igual de terribles, pero a escala ocurrían en mi vida. Uno piensa de verdad , que ese libro se lo mandó alguien para que fuera leído en la precisa situación , en el exacto orden de la tragedia. Y le adelantan el final, le da tiempo de pensar las cosas. Y permítanme joderlos de manera petulante: no era un libro de autoayuda.
Gracias, Restrepo: por tu espejo, por tus verbos, por tus mapas, por tu delirio, y por esa escena de corbata roja que me hizo creer tantito en el amor.