No, no es otra trágica historia de amor. No les voy a decir que me duele la distancia, ni que en mí se instaló de manera irreversible una nostalgia digna de tomarse una botella de whisky bajo el sonido de una tarde lluviosa.
Tampoco les voy a decir que lo quería, o que siento en el pecho el peso de las miles de páginas que no escribimos juntos.
No fue, ni siquiera, un asunto de levedad física. Siempre lo tuve de palabras, sí me llegó a perfumar el pelo con risas y tabaco húmedo, sí me llegó a mirar los senos discretamente mientras discutíamos sobre lo fea que era la portada de un libro de Sartre; pero nunca me tocó con otra cosa que no fueran sus metáforas.
Me tuvo desnuda, de texto en texto, hizo que sintiera en la moral lo que se siente cuando te hacen manita de puerco. Alguien tan lúcido, tan entero, resultando igual a los demás.
Y una vez lloré, lloré porque sabía que me encantaba aunque era un pendejo, y que si lo hubiera conocido antes no me rehusaría ante la idea de un noviazgo.
Si ustedes lo hubieran visto mirarme mientras creaba esa sonrisa tan sincera, tan impregnada de bonhomía; jurarían que me amaba. Pero él es así, no me ama, sólo lamenta las fechas.
Y me gusta darle sorbos fuertes al café mientras recuerdo todo esto, porque fue de los pocos, anque imparciales, eventos satisfactorios de mis últimos días. Porque andaba quebrada y llena de polvo; pero él no me trató con lástima, sólo se reía ,pagaba la cuenta y me deseaba en serio, no como los tontos.
Rencores de estaño fundido, sudor de arena. Si estuviera segura de algo, no escribiría. Aquí mi filatelia de catástrofes:
miércoles, 19 de junio de 2013
Me deseaba en serio.
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