viernes, 2 de agosto de 2013

Friendzone Fail.

Todo esto lo entiendo, aunque no supe decirlo. Quiero decirle que la evasión es sólo la corona de mi orgullo, de mi casi restaurada dignidad. Me sorprendió de él, su manera insistente de introducirme al juego de sus ojos directos y su silencio corrosivo. Dijo las mínimas palabras y cuando por fin me tuvo ya no pensaba soltarme. Todo estaba mal, empezando por contar los demonios que traía yo en la espalda, y calculando con certeza los que de él me duplicaban.
El silencio pesaba, no sé hasta hoy si esa luna de juguete fue un invento de su apología del placer.
Lo detesto, me gustaría decírselo. Borré su estúpida nota de mi espejo "Pinta tus labios de elocuencia y tu mirada de aire crítico". No sé a qué pobre diablo le roba los versos, pero me convenció en muchas ocasiones.
Yo pensaba que valoraba de mí el diálogo, en el peor de los casos : que venía porque se sentía solo. No sabía que se trataba de mi cuerpo, ni del olor de mi piel.
Quiero romperle la cara, no soporto la manera despreocupada con la que me quiere dar consejos de tierra quemada. Lo odio, tiene que entender que no somos amigos. Los amigos no se entierran en la pared a besos, los amigos no miran oportuna la frágil conciencia de sus perdidas compañeras. Los amigos no insisten ni argumentan sus fatales transgresiones a causa del placer. Los amigos olvidan, no construyen edificios de cartón en días de lluvia sobre ruinas de cristal. Sé que no va a leerlo, que está lejos preguntándose por qué ya no soy capaz de reíme de sus malos chistes , de contarle por qué estoy castigada, con quién estoy saliendo, de mirarlo a los ojos sin náusea.

Esta tarde.

Esta tarde tiene muchos defectos, empezando por esta soledad de árbol seco.
Crees que me dejas sola, pero sigues aquí, en cada respiro, en cada cambio de página, en cada aforismo de papel en blanco.
Y mientras yo leo, tú estarás por ahí enamorándote de otra mujer.
Ya no puedo bendecir la lluvia por ti, el clima en su hostilidad me rasguña la nostalgia y me tuerce la retórica. Ya ni siquiera puedo mirarme al espejo sin lamentar mi palidez de arena fría.
Quiero alejarme del absurdo capricho que mirarte de lejos me provoca.
Cómo te odio cuando te vas para volver.

Por si no lo sabe.

No sé, cariño: si usted me viera hoy aquí sentada en una banca de madera despintada, fumando cigarros baratos y escuchando mala música; no estaría tan seguro de que no lo extraño. Veo las plantas que escalan paredes con postura sarcástica y le juro que se burlan de mí, de nosotros, de esta distancia tan infectada con la que nos justificamos.
Me acuerdo de usted cuando veo los sobres de azúcar en los cafés, de cómo los odiaba por su formato triste y mesurado; me acuerdo de usted cuando escucho a Nirvana; cuando veo todos esos libros de Sabines, García Lorca y Benedetti , tan tristes y empolvados; me acuerdo también cuando veo las caras molestas de los transéuntes, de cómo no nos fijábamos en la prisa del mundo porque íbamos de la mano y eso nos parecía suficiente para creer que duraría, que la sonrisa sería perenne.
No se atreva pues, a creer que esa sonrisa que vio usted en mi cara el otro día en la plaza era la misma, que era natural. Porque yo sé que usted no es idiota,  y que advierte de manera espontánea que ese brazo que yo llevaba a mi lado era sólo un intento de reinicio; que detrás de ese falso estoicismo con el que me pinto los labios de rojo, está esa mujer de ruinas que tanto lo quiso algún día , que tanto duda todavía de olvidarlo.
Esto no es para pedirle que vuelva, sino para hacerle saber que goza usted de la increíble libertad de hacerme pedazos con una palabra, de hacerme girar la cabeza como un títere desnudo para tenerme de vuelta cuando usted lo quiera.
He rasgado mis juramentos de papel tizado. Sé que dije que no volvería a escribirle.
No es cierto eso de que mis letras surgen de esa egoísta introspección de la que tanto presumo, porque debo confesar que desde usted mis palabras se arrastran al antojo de sus ojos, mire como desde que se fue se notan pegajosas y redundan.
Uno se cansa también de hablar de despedidas, de nulos abrazos, de fracasos repentinos.
Renuncio a usted y a la mala prosa de la que me enferma, a los temas amargos, a los vicios baratos, a este vuelo con brazos.

La recurrida y estúpida charla sobre el amor.

-Siempre me ha intrigado saber cómo ama una mujer como tú.
-Cómo amo...pues, no sé si lo que hago es amar. No sé si cada  detalle amable en el que me aparto de mi manera fría de mirar pueda considerarse como amar.
-A ver, ¿para ti qué es amar?
- Es que amar es muchas cosas. No me atrevería a transgredir los restos de absolutismo que quedan de ese concepto por medio del lenguaje. Hay cosas que realmente no podría tratar de explicar sin terminar arrancándome el cabello.
-Oh, vamos. Eres lista, lo que se te ocurra...
- Amar es el atrevimiento de reducir el universo al mínimo espacio que puedes abarcar al lado de una persona aguantando la respiración y tener la certeza de que eso es suficiente.
-Joder, perfecto.
-¿Perfecto? No: así puedo darte mil definiciones saturadas de retórica sin abarcar el término intrínseco y verdadero de lo que es el amor. Porque alguien que sólo sabe de amor por las veces que se ha puesto en los zapatos de los personajes de sus libros favoritos , nunca va a poder explicarte algo así sin caer en las seducciones del lenguaje.
-Bueno, no me has dicho qué es para ti amar.
- Siendo sincera:  el amor, ese amor perfecto del que todo el mundo habla y al que todos los románticos tajados de frivolidad aspiran; me parece una grandísima estafa, un invento de la mercadotecnia y las malas novelas.