Todo esto lo entiendo, aunque no supe decirlo. Quiero decirle que la evasión es sólo la corona de mi orgullo, de mi casi restaurada dignidad. Me sorprendió de él, su manera insistente de introducirme al juego de sus ojos directos y su silencio corrosivo. Dijo las mínimas palabras y cuando por fin me tuvo ya no pensaba soltarme. Todo estaba mal, empezando por contar los demonios que traía yo en la espalda, y calculando con certeza los que de él me duplicaban.
El silencio pesaba, no sé hasta hoy si esa luna de juguete fue un invento de su apología del placer.
Lo detesto, me gustaría decírselo. Borré su estúpida nota de mi espejo "Pinta tus labios de elocuencia y tu mirada de aire crítico". No sé a qué pobre diablo le roba los versos, pero me convenció en muchas ocasiones.
Yo pensaba que valoraba de mí el diálogo, en el peor de los casos : que venía porque se sentía solo. No sabía que se trataba de mi cuerpo, ni del olor de mi piel.
Quiero romperle la cara, no soporto la manera despreocupada con la que me quiere dar consejos de tierra quemada. Lo odio, tiene que entender que no somos amigos. Los amigos no se entierran en la pared a besos, los amigos no miran oportuna la frágil conciencia de sus perdidas compañeras. Los amigos no insisten ni argumentan sus fatales transgresiones a causa del placer. Los amigos olvidan, no construyen edificios de cartón en días de lluvia sobre ruinas de cristal. Sé que no va a leerlo, que está lejos preguntándose por qué ya no soy capaz de reíme de sus malos chistes , de contarle por qué estoy castigada, con quién estoy saliendo, de mirarlo a los ojos sin náusea.
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